El desprestigio de un país

 


Cabe preguntarse qué habría sido del arte o del deporte nacional sin sus grandes referentes: sin Picasso, Velázquez o Dalí en la pintura; sin Iniesta, Nadal o Ángel Nieto en el deporte; sin Cervantes, Lorca o Cela en la literatura. Son figuras que no solo alcanzaron la excelencia en sus campos, sino que también marcaron rumbos, crearon escuela y ofrecieron modelos a las generaciones posteriores. Sus trayectorias muestran cómo los referentes contribuyen a consolidar tradiciones, elevar estándares y orientar vocaciones.

Ahora bien, ¿qué ocurre en el ámbito de la educación? Siendo uno de los pilares fundamentales sobre los que se sostiene la sociedad —el espacio donde se forman ciudadanos, profesionales y, en última instancia, el capital humano de un país—, sorprende la escasa visibilidad y reconocimiento social de sus referentes. Resulta legítimo preguntarse por qué la labor educativa no recibe una valoración proporcional a su impacto estructural en el desarrollo social, cultural y económico.

El progresivo desprestigio de la educación y de la figura del docente contrasta con la creciente notoriedad de personajes públicos cuya relevancia se apoya, en muchos casos, más en la exposición mediática que en aportaciones sustantivas al bien común. La sobreexposición de ciertos modelos de éxito inmediato, asociados a la fama digital o al entretenimiento superficial, puede transmitir a los jóvenes una idea distorsionada del esfuerzo, la formación y la excelencia, debilitando la cultura del mérito y la constancia.

Con frecuencia se invocan valores como el trabajo, el esfuerzo y la meritocracia; sin embargo, estos principios requieren políticas coherentes, inversión sostenida y reconocimiento social efectivo para materializarse. Sin un compromiso real de la sociedad y de sus representantes con la educación —no solo en el discurso, sino en la práctica—, tales valores corren el riesgo de convertirse en meras consignas retóricas.

En suma, relegar la educación a un segundo plano supone comprometer el futuro colectivo. Revalorizarla, reconocer a sus profesionales y visibilizar sus referentes no es solo una cuestión de justicia simbólica, sino una inversión estratégica en el progreso del país.


Antonio Miguel Moreno Hidalgo, Febrero 2026

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